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Ayer por la tarde en Viedma falleció Julieta Vinaya, la madre de Atahualpa, el joven de 19 años asesinado de un tiro por la espalda a la salida de un boliche y luego arrojado en un descampado en las afueras de la ciudad el 15 de junio de 2008.
Desde el asesinato de su hijo, Julieta se fijó cómo objetivo saber qué había pasado, pero rápidamente pudo ver que en la provincia de Río Negro hay un centenar de casos sin resolución cuyas victimas son jóvenes pobres como Atahualpa. Comprendió entonces que el dolor y la lucha no eran individuales y comenzó recorrer un camino que la llevó a encontrarse con otros familiares de jóvenes asesinados o desaparecidos.
Julieta acompañó hasta el final la lucha por Daniel Solano, Otoño Uriarte, Ezequiel Demonty, Natalia Melmann, entre otros jóvenes con cuyos familiares forjó una amistad.
Soportó años de impunidad, ya que la causa tuvo un tratamiento escandaloso en la justicia. La fiscal Daniela Sagari no realizó los peritajes correspondientes en la prueba hallada, inutilizándola y nunca ordenó allanar el boliche Mi Loca, ultimo lugar donde Atahualpa fue visto con vida; la policía manoseó el lugar donde fue hallado el cuerpo del joven; el juez Carlos Reussi tardó cuatro años en movilizar el expediente. Finalmente, la causa llegó a juicio en septiembre de 2013 con una instrucción tan inconsistente que los tres imputados fueron absueltos por falta de pruebas. Luego, el Tribunal Superior de Río Negro anuló la sentencia y ordenó la realización de un segundo juicio que tendría que comenzar este año, pero se va dilatando y aun hoy no tiene fecha.
En junio cuando se cumplieron diez años del asesinato de Atahualpa todas las miradas apuntaban a los funcionarios judiciales que garantizaron la impunidad, y sobre quiénes hay un pedido de juicio político.
«A una la maneja el amor a nuestros hijos que es incondicional. Yo creo que más de una mamá o un papá qué no haría por su hijo, movería cielo y tierra, daría su vida. Entonces es eso lo que nosotros hacemos como mamás y como papás, damos lo que tenemos y lo que no tenemos. Tiene que tener sentido mi vida, aunque sea para llegar a esta verdad. Creo que vamos a llegar, por lo menos quiero tener esa esperanza» sostenía Julieta y agregaba: «Para ellos nosotros somos los sinnadies, los invisibles, y le vamos a mostrar una vez mas al poder judicial, a los políticos que los sinnadies estamos acá y nos empezamos a visibilizar, que tenemos derechos, y vamos a gritar bien fuerte que queremos la verdad, y que ellos nos tienen que contestar».
En los primeros momentos en que la despedían, su sobrina Laura escribió: «Julieta Vinaya se fue en paz con la dignidad de las que luchan, con el amor que solo las madres nos enseñan, con la paz que no tendrán ni los asesinos de Atahualpa Martínez Vinaya, ni aquellos funcionarios judiciales que por sus acciones y omisiones permitieron que la impunidad cale hondo en el cuerpo de Julieta. Partió Julieta Vinaya, Atahualpa la está abrazando, como no dejó de hacerlo nunca en estos diez largos años de impunidad».
